Lunes 7:30 de la mañana, en
plena Plaza La Candelaria. Todas las esquinas, todos los resquicios visuales inundados
de una turba, no solo en número, sino en su aspecto físico y comportamiento.
Una verdadera jauría
correteando de un lugar a otro, en inmensas colas (filas), entrando y saliendo
de las panaderías y resto de locales comerciales. Mendigando unos, atracando otros. Voceando expresiones
vulgares, elevando los decibeles por encima del ruido de los carros, emanado
fetidez más allá del monóxido automotor. Provocando pánico hasta en los
trabajadores y transeúntes habituales. Toda una fauna escapada de, no se sabe cual cloaca social, que produce a mis sentidos una imagen impresionista - pero de
muy desagradable impresión - que me crea una urgente necesidad de escapar de
todo aquello.
¿De dónde salieron?
¿Cuándo se formó ese lumpen desbordante
de miseria e indecencia?
¿Por qué ese comportamiento
de jauría que todo lo arrasa?
¿Será que lo perdimos todo?
¿Será que ya no queda nada
recuperable?
¿Nos dejaremos imponer esa
fórmula de cultura alejada de lo humano y cercana a los peores instintos
animales?
Sinceramente creo que
debemos tomar conciencia de esta pérdida progresiva de la civilidad que define
al “nuevo hombre de la revolución del siglo XXI.” Se hace imprescindible
enfrentar ese mal que nos socava las bases mínimas de la conformación de
cualquier nación.
La Sociedad Civil en su
conjunto, debe despertar de este letargo de depresión tendiente al conformismo
y activarse más allá del sofá cibernético en que solemos mantenernos y crear
organizaciones o integrarnos a las ya existentes, para detectar estos males y luchar por la recuperación de lo poco que nos queda. Empezar YA, a derribar
esos muros de miseria mental que se está devorando todo, se hace impostergable.
Oscar J. Pinto Arnó
23/10/2017